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Este administrador de empresas de la Universidad EAFIT de Medellín, nacido en la capital antioqueña, tiene un MBA en Negocios Internacionales y Finanzas de la Universidad Pace en Nueva York, donde recibió honores por su excelencia académica y también cursó estudios de posgrado en Derecho Financiero Internacional del London School of Economics.

La Junta Directiva de ISA tomó la decisión del nombramiento, en la sesión extraordinaria del 6 de junio de 2022, pues encontró en Posada Echeverri un líder con la trayectoria empresarial y las calidades para entregarle la misión de conducir a la compañía hacia su consolidación como la empresa de energía e infraestructura del futuro dentro del Grupo Ecopetrol.
Posada se destaca por su amplia y sólida trayectoria empresarial internacional, su experiencia en los sectores energético, infraestructura, telecomunicaciones y su liderazgo en asuntos como sostenibilidad, tecnología e innovación, emprendimiento y competitividad.
En el sector energético y de infraestructura de transporte de energéticos, como miembro de la Junta de Ecopetrol, desde 2019 contribuyó a definir la estrategia a 2040 del Grupo, denominada Energía que Transforma, para enfrentar con éxito los desafíos de la transición energética, mientras se continúa por la senda de los sobresalientes resultados operativos y financieros que reportó Ecopetrol en 2021 y en el primer trimestre de 2022.
Posada Echeverri fue presidente de importantes empresas de transporte aéreo como Avianca, Aces y VivaAir con presencia en América Latina, incluido Brasil, Estados Unidos y Europa, y también de Puerto Brisa, un megaproyecto portuario en el norte de Colombia. Previamente ocupó puestos de alta responsabilidad internacional en Billiton Marketing and Trading, parte del Grupo Shell en los Países Bajos, y en el Banco Cafetero en los Estados Unidos, Panamá y Colombia.

Fuente: ISA

Si no queremos una Transición caótica, ni el Gobierno ni las empresas desarrolladoras de los proyectos en los territorios deben perder de vista que, como lo recalca el Banco Mundial, ni los parques eólicos ni las granjas solares “existen en un vacío social. Como creaciones humanas, no pueden separarse de los entornos sociales y culturales en los que se diseñan, construyen y operan”.

La Transición energética, desde las energías de origen fósil, altamente contaminantes, hacia las fuentes no convencionales de energías renovables (FNCER), se debe implementar de manera inteligente y responsable, sin prisa que pueda poner en riesgo, como ha sucedido en Europa, la seguridad energética del país, pero, eso sí, sin pausa.

Como lo ha dicho el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, se requiere “una Transición tranquila y eficiente”, a riesgo de enfrentar “una transición caótica” y, añadiría yo, traumática. A este respecto bien vale la pena traer a colación el sabio consejo del expresidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva: “mientras no tengas energías alternativas, seguirás usando la energía que tienes”. Eso sí procurando mitigar su impacto medioambiental.
Es el caso de la estatal ECOPETROL, que ha hecho un gran esfuerzo para reducir el contenido de azufre en los combustibles, que en un momento dado llegó al extremo de contener hasta 1.200 partes por millón de contenido de azufre y hoy en día ronda las 50 partes por millón. Adicionalmente, se ha dado su propia ruta de Transición energética, con su estrategia Energía que transforma, que abarca todos los eslabones de la cadena de los hidrocarburos que extrae, refina y transporta, tendiente a alcanzar la neutralidad de carbono hacia el 2050 y ha dado pasos conducentes a ello, destacándose la instalación de 112.5 MW de potencia a partir de FNCER para generar la energía que demandan la operación varios de sus campos petroleros.
En la misma dirección y con los mismos propósitos, desde el 2005, gracias a mi Ley 693 de 2001, es obligatoria la mezcla de los biocombustibles en Colombia, a través de la cual se reducen anualmente en 2.5 millones de toneladas las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y 130 toneladas de material particulado, causados por la combustión de los motores. Ello se explica porque con dicha mezcla, al oxigenarlo, mejora ostensiblemente la calidad de los combustibles que se consumen en el país, contribuyendo de paso a la seguridad energética, a la ampliación de la frontera agrícola y a la generación de empleo formal e ingreso en el campo.
Si no queremos una Transición caótica, ni el Gobierno ni las empresas desarrolladoras de los proyectos en los territorios deben perder de vista que, como lo recalca el Banco Mundial, ni los parques eólicos ni las granjas solares “existen en un vacío social. Como creaciones humanas, no pueden separarse de los entornos sociales y culturales en los que se diseñan, construyen y operan”. Por ello es que yo insisto tanto en la importancia de la Licencia social, que no es otra cosa distinta que el consentimiento informado, por parte de las comunidades asentadas en el área de influencia de dichos proyectos; ello pasa por “el diálogo social para involucrarlas y protegerlas”, como lo plantea el Documento CONPES 4075 del 29 de marzo de este año, en el cual se trazan los lineamientos de la Política de Transición energética, ya que deben ser las primeras beneficiarias de las mismas, pues resulta inaceptable ¡que haya luz en la calle y obscuridad en la casa!
Una Transición energética que no sea justa, incluyente, solidaria, que los beneficios de quienes ganan con ella no se de a expensas de quienes pierden, que deben ser compensados y que contribuya a la cohesión social, no es sostenible ni sustentable. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), en su Conferencia del 2013 expidió una Resolución reivindicando la transición justa, la cual fue ratificada en su Consejo de gobierno en 2015. Posteriormente la Agencia Internacional de la Energías Renovables (IRENA, por sus siglas en inglés) y la OIT firmaron un Acuerdo en octubre de 2021 comprometiéndose en promoverla. La Declaración conjunta que firmaron en octubre pasado la OIT y la Agencia Internacional de las Energías Renovables IRENA, es elocuente: “un progreso que no sea justo e inclusivo no es sostenible. No se puede lograr una economía verde sin crear oportunidades para todos, asegurando que todos los grupos de la sociedad tengan acceso a empleos decentes y bien remunerados” ¡Así de claro!
Pero, indudablemente, el mayor espaldarazo a la Transición energética justa se la dio la COP26, que tuvo lugar en Glasgow (Escocia) en noviembre pasado. En el marco de la misma, más de 30 países, incluyendo entre ellos a los principales productores de petróleo y carbón, suscribieron una Declaración en la que se comprometieron a implementar estrategias que respalden a los trabajadores, a las empresas y a las comunidades en el curso de la Transición hacia economías verdes. En ella se hace hincapié en la perentoria necesidad de garantizar “que nadie se quede atrás en la transición, en particular aquellos que trabajan en sectores, ciudades y regiones que dependen de industrias y producciones intensivas en carbono”. En suma, deben primar los principios de la equidad, la solidaridad, la inclusión y la cohesión social.
La OIT ha reiterado que “una Transición energética justa es urgente, indispensable y posible” y que “hay evidencias claras de que habrá más ganancias que pérdidas, para la economía y para las personas” y este no debe ser un juego de suma cero donde unos ganan lo que otros pierden. Al fin y al cabo, la Transición energética debe ir de la mano con el cumplimiento de los 17 objetivos del desarrollo sostenible (ODS), especialmente el 7º que prevé el acceso universal a la energía limpia.

*Amylkar Acosta Medina.
Ex ministro de Minas y Energía.
Miembro de Número de la ACCE.
www.amylkaracosta.net

El cambio climático es un aspecto de nuestra vida que, querámoslo o no, necesariamente nos tiene que importar porque nos afecta absolutamente a todos; sin embargo, no deja de ser desconcertante, pues mientras todos los días inunda de titulares los medios de comunicación del mundo entero y parece cobrar fuerza “en el papel”, las medidas que se toman desde las naciones, evidentemente son insuficientes y muchas veces van en contravía de lo que el Planeta necesita, porque priman los intereses económicos y tecnológicos, antes que la preservación de la vida humana, de las especies y la conservación de nuestra “casa planetaria”.

Por esta razón, nos hemos apoyado en las voces más expertas sobre el tema, especialmente para el caso de Colombia, en los profesionales Germán Poveda y Paola Arias, quienes han hecho parte del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), tienen todo el conocimiento, la experiencia y los argumentos para explicarnos y contextualizarnos de “hacia dónde vamos”. Sus mensajes son contundentes y sus conclusiones nos dejan grandes reflexiones sobre lo que se está haciendo, lo que se hace a medias, o lo que definitivamente se está dejando de hacer, en la búsqueda de soluciones reales para mitigar en algo el impacto del cambio climático.
El miembro de la misión de sabios (2019) Germán Poveda, asegura que, “Colombia ha escrito (en el papel) buenos planes de gestión frente al cambio climático, pero su implementación para transformar la realidad ha sido precaria, tímida y tardía. Se hace mucho show internacional, pero los hechos y la realidad interna demuestran una total desconexión con ese discurso”. Por su parte, la científica Paola Arias concluye que “la transición energética, como se está dando en el mundo y particularmente en Colombia, es muy tecnocrática; hablamos de tecnología y de energías limpias y este ´limpio´ realmente lo tenemos que poner ´entre comillas´”.
Estas reflexiones de los científicos y expertos conocedores del cambio climático, también nos han llevado a publicar: por un lado, la rendición de cuentas del actual ministro de minas y energía Diego Mesa, y las propuestas del electo presidente Gustavo Petro.
En aras del equilibrio periodístico, se pone a disposición de nuestros lectores toda esta valiosa información consultada de las diversas fuentes autorizadas, con el fin de que cada uno saque sus propias conclusiones.
De nuestra parte, concluimos este editorial como lo empezamos, con la pregunta ¿A qué jugamos?... el título obedece a que, justo al cierre de esta edición, nos sorprendió el polémico anuncio del Parlamento Europeo de aprobar que la energía nuclear y el gas se consideren “verdes”. Para ello, citamos las palabras de la activista Greta Thunberg, publicadas en su cuenta de twitter, el pasado 6 de julio, tan explícitas y contundentes que no podemos ser indiferentes ante ellas, pues se dieron como reacción ante la decisión: "El Parlamento Europeo acaba de votar para etiquetar el gas fósil como energía "verde". Esto retrasará una transición sostenible real que se necesita desesperadamente y profundizará nuestra dependencia de los combustibles rusos. La hipocresía es llamativa, pero lamentablemente no sorprende”.

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